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lunes, 16 de junio de 2014

Mi parto


Pues nada... que mi princesa ya ha nacido. Vino al mundo a mediodía el 5 de Junio, más sana que una manzana :-)
Ocurre algo cuando llevas el embarazo ya avanzado y te pones a mirar blogs de mamás (por lo menos a mí me ocurrió): te pones a curiosear en busca de experiencias de partos, y se te ponen los pelos de punta. En serio. Al final tuve que dejar de buscarlas porque tras leer un par de historias de terror, de esas en plan "me pasé dieciocho horas dilatando y al final tuvieron que hacerme una cesárea" o "empecé a perder sangre a espuertas y me tuvieron que llevar a la UCI", la verdad es que me daban ganas de meterme en el agujero más profundo del mundo y encargarle el parto a otra.

Me satisface revelar a los lectores del blog que este NO ha sido mi caso. De hecho, he decidido relatar mi parto por dos motivos fundamentales: uno, para dejar constancia por escrito de cómo sucedió ahora que lo tengo fresco, antes de que mi cerebro comience a olvidarse de los detalles (que imagino acabará sucediendo, aunque ahora me parezca imposible), y dos, para compartir en la red una buena experiencia de parto fácil, rápido y sencillo en medio de tantas experiencias chungas. ¡Futuras mamás, animaos, que luego no es tan fiero en león como lo pintan! :-)

Empezaremos la historia por el principio de los tiempos. El principio de los tiempos, en este caso, viene a ser una semana 42 que llegaba y una niña que no salía. Llevaba desde la semana 38 yendo todos los miércoles a monitores, pero aunque el ritmo cardiaco de la niña estaba bien, yo no me ponía de parto. Alguna contracción de Braxton-Higgs molestilla de vez en cuando, sí, pero la cosa no se cogía. Y llegó el miércoles día 4 de Junio. Los días anteriores yo había estado teniendo de cuando en cuando contracciones, más o menos molestas, pero muy irregulares y espaciadas en el tiempo; vamos, que aquello no era parto ni de coña. Pero ese miércoles, cuando acudí a los monitores por la mañana, las correas detectaron una actividad más grande de lo normal en el útero y una única contracción. Después de aquello, el ginecólogo me hizo una ecografía, me hizo un tacto, y dictaminó: "Estás ya en la semana cuarenta y dos, tienes la placenta ya un poco envejecida y te estás quedando sin líquido amniótico. Y además, esas pequeñas contracciones que tienen ya te están borrando el cuello del útero. Así que esta noche a las doce y media ingresas en el hospital y si mañana no te has puesto de parto, lo terminamos".
Ante aquel anuncio, yo me puse a hiperventilar un poco, porque la verdad, que te diga el médico que a la mañana siguiente pares sí o sí, así sin paños calientes ni nada, pues qué queréis que os diga, impresiona.

La cosa quedo así. Nos volvimos para casa, yo dejé finiquitados todos los asuntos del Juzgado y del despacho, comimos, y por la tarde me duché tranquilamente, antes de lo cual descubrí que había expulsado algunos restos del tapón mucoso ("a buenas horas, magas verdes", pensé). Cenamos temprano, nos cercioramos de que llevábamos en la maleta todo lo que necesitábamos, y a las doce y cuarto llamamos a un taxi para irnos las hospital.
Cuando llegamos, había ya otras tres parejas esperando para ingresar también. Nos llamaron los últimos, nos asignaron una habitación, y allí que nos subimos con la maleta a cuestas. Si estaría yo nerviosa aquella noche, que me pincharon un Valium para que me relajara y aún así no pude dormir más de dos horas. El que tampoco durmió mucho fue mi pobre señor esposo, que al día siguiente tenía un examen en la UNED y estaba hecho polvo.

A las siete de la mañana, la matrona llamó por teléfono a la habitación para despertarme y avisarme de que un enfermero iría en diez minutos a bajarme a la sala de dilatación. Aprovecho la ocasión para desmentir esa creencia tan arraigada en las páginas webs "pro parto natural", donde intentan convencerte de que las matronas son una especie de seres angelicales y semidivinos con una bondadosa sonrisa en la cara y maneras amables, siempre dispuestas a acompañar a las mujeres parturientas por la dura pero feliz senda del parto, en contraposición a los serios y secos ginecólogos. "La atención de las matronas es más humanizada", dicen. Y UN CUERNO. La matrona que me tocó a mí era el ser más seco y antipático que ha parido madre. En lo profesional, no tengo queja, pero en lo que se refiere a trato personal, menuda borde era la tía. Pocas palabras y monosilábicas, ni una sonrisa, ni una explicación, aparecía sólo lo justo... la verdad es que casi lloré de alegría cuando vi aparecer a mi ginecólogo, que me lleva tratando toda la vida y con el que tengo total y absoluta confianza. Aprovecho para decir a todas las futuras mamás que me estén leyendo que no se dejen engañar por los prejuicios "matrona buena - ginecólogo malo", porque en muchas ocasiones es a la inversa y a mí me sucedió. Todo depende de las personas con las que te encuentres.
El caso es que la matrona en cuestión hizo que me bajaran a la sala de dilatación, y una vez allí empezó la fiesta. Me monitorizaron para controlar las contracciones y la frecuencia cardiaca de la niña, y tras una exploración (esa es otra, queridos amigos, cuando una mujer está por dar a luz sus partes íntimas se convierten en dominio público, ahí mete las manos todo el mundo), la matrona dictaminó que yo estaba dilatada de un sólo centímetro. Lo suficiente para romperme las aguas. De modo que me abrió una vía en el brazo (auch), me enchufó un relajante muscular para terminar de ablandar el cuello del útero, un gotero de oxitocina sinténtica, y sacó una especie de varilla de plástico con un extremo en forma de gancho para metérmelo por...
Ese fue uno de los momentos en los que agradecí haber hecho el cursillo de preparación al parto, donde nos enseñaron aquellos artilugios y nos explicaron para qué servían y cómo funcionaban, porque la verdad, si llego a esperar que fuera aquella matrona con la simpatía de un cactus la que me lo explicara, hubiera ido lista. No me dolió; sencillamente, la mujer metió aquella varilla, y al cabo de un par de segundos noté cómo una oleada de líquido caliente se me escurría entre las piernas. Lo que sí me molestó un poco fueron los apretones y estrujones que me daba en la tripa la matrona mientras, porque al parecer se había propuesto exprimir hasta la última gotita de líquido amniótico que me quedara dentro del cuerpo, y a mí la verdad empezó a darme un poco de miedo que de paso estrujara también al bebé.
"¿Y cuánto cree que tardarán en empezar las contracciones?" pregunté, al ver que de momento no pasaba nada. "Eso depende", fue la extensa y amable respuesta. "Pero, ¿más o menos, cuánto suele tardar?" insistí yo. "Pues hay mujeres que se ponen en seguida y mujeres que necesitan dos goteros" dijo la matrona, mirándome con mala cara. Y salió a paso ligero de la habitación, no fuera que se me ocurriera preguntarle cualquier otra cosa.
Afortunadamente, las contracciones empezaron en seguida. Al principio no eran tan malas como me las pintaban; son como un dolor de regla más fuerte de lo normal. Gracia no hacen, pero tampoco es que fuera algo insoportable. Las respiraciones que practicamos en el cursillo de preparación al parto también las hicieron más llevaderas. Poco a poco, empezaron a subir de intensidad, y ahí fue donde yo empecé a ponerme un poco nerviosa, porque me habían dicho que hasta que no dilatara cuatro centímetros no me podían poner anestesia. Mi marido se tuvo que marchar a toda prisa para hacer el examen, pero por fortuna en esos momentos ya habían llegado mi madre y mi suegra, que se turnaron para estar conmigo durante la dilatación.
Y cuál fue mi sorpresa cuando, en el momento en que las contracciones empezaron a ser dolorosas, entró la matrona, me volvió a explorar, ¡y dijo que ya estaba dilatada de cuatro centímetros! Resulta que lo normal es dilatar un centímetro por hora, pero como yo soy así de chula, estaba dilatando a dos centímetros por hora, es decir, el doble de rápido de lo normal. Así que la matrona fue a llamar al anestesista.

El anestesista llegó al poco rato, con su mesita portátil a cuestas. Para entonces a mí las contracciones me molestaban muchísimo y encima eran tan seguidas que una se encadenaba con la siguiente y apenas me daban tiempo a descansar. El médico me hizo quedarme sentada en la cama, inclinada hacia delante para que se marcara la columna vertebral, y me derramó por la espalda un líquido frío que servía tanto para desinfectar como para insensibilizar un poco la piel. Luego, me pinchó anestesia local (casi ni sentí el pinchacito; fue mucho más dolorosa la inyección de Valium de la noche anterior), y finalmente, cuando ya tenía insensibilizada la zona, me metió el catéter. Resultado: no dolió absolutamente nada. Y cuando me inyectó la anestesia y el dolor de las contracciones se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo, fue la gloria bendita. Desde aquí aprovecho para hacer un llamamiento mundial: ¡¡Canonización YA para el que inventó la epidural!! Que además, por si no lo sabíais, se llamaba Fidel Pagés y era español, aragonés para más señas. ¡Los españoles trajimos la epidural al mundo! Ni la Roja en el Mundial de 2010, señores.

A partir de ahí, todo fue rodado. Desde que me bajaron a dilatación hasta que me metieron en el paritorio, pasaron menos de seis horas. A la una de la tarde, el ginecólogo dio orden de que me llevaran al paritorio, y mi marido, que ya había regresado hacía rato, me acompañó. Justo antes de entrar, el anestesista me inyectó otras dos dosis de analgesia epidural: una para que pudiera pasar el expulsivo sin problemas, y la otra porque la primera, inexplicablemente, sólo me anestesió la mitad del cuerpo.
El expulsivo fue rapidísimo; no debió durar ni quince minutos. Nunca olvidaré el momento en que el médico me ordenó por última vez que empujara, la fuerte sensación de presión al sentir algo enorme abriéndose camino a través de mi cuerpo, y el momento en que finalmente salió la niña, que se puso a lloriquear a los diez segundos de salir. Puedo jurar que no existe sensación en el mundo comparable a ver por primera vez la cara de tu hija delante de ti. Me la pasaron rápidamente para que le diera un beso y se la llevaron a una mesita que había en el mismo quirófano para limpiarla, vestirla y hacerle el test de Apgar, que salió excelente. Luego, ya vestida, con sus manoplas y su gorrito incluidos, me la pusieron en brazos y ya la dejaron allí. El ginecólogo me cosió la episiotomía (que no sentí en absoluto) y me subieron a la habitación con la nena.

Y la verdad es que ya está. Como se puede ver, muy fácil, rápido y gracias a la epidural muchísimo menos doloroso de lo que yo me temía. Si he de ser sincera, el postparto me está resultando mil veces más molesto y puñetero que el parto en sí, y todo ello a pesar de tener una niña sana, hermosísima y encantadora que duerme y come bastante bien. Pero como dijo Michael Ende, esa es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión.