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viernes, 5 de junio de 2015

Mi princesa cumple un año


Tal día como hoy, hace un año, yo estaba en el hospital, después de un parto fácil y satisfactorio, con mi niña recién nacida al lado. Apenas puedo creer que haya pasado tanto tiempo desde entonces, pero así es.
Mi hija ya no es un bebé. Ha crecido, ha cumplido su primer añito, y ahora ya es una niña pequeña que poco se parece al bebé con el que salí de la clínica.
Y hoy, en su primer cumpleaños, me gustaría hace una recopilación de todos los logros que ha conseguido, tanto para poder recordarlos yo como para que sirvan de ejemplo comparativo para cualquiera que tropiece con este blog :-)

Al cumplir los doce meses, mi princesa...

-Gatea a la velocidad de un bólido.
-Se pone de pie sola y camina con ayuda (cogiéndose de los muebles o de la mano).
-Sólo camina sola con el correpasillos.
-Hace pinza con el índice y el pulgar para coger cosas chiquititas.
-Es el ser más curioso del universo: lo quiere tocar, mirar y chupar todo.
-Da besitos (a su manera).
-Dice adiós con la mano.
-Sabe hacer palmitas y los cinco lobitos.
-Baila (precariamente) al ritmo de la música.
-Le han salido tres dientes (los dos de abajo y uno de arriba). Le empezaron a salir tarde, a los diez meses y pico, pero ha cogido carrerilla.
-Se lleva trocitos de comida blanda (pan, pollo cocido, tortilla) a la boca y los mastica.
-Bebe de un vaso cogiéndolo por las asas.
-Pasa las páginas de los cuentos.
-Ha deducido cómo desbloquear los móviles y las tablets.
-Ayuda a los mayores a vestirla estirando los bracitos.
-Se parte de risa si ve a alguien estornudar, eructar o masticar chicle.
-Gasta bromas sencillas, como esconderse y dar un susto.
-Da abrazos muuuy fuertes a las personas que más quiere. También chilla de alegría cuando las ve.
-Además de su (incomprensible) jerga propia, suelta algunas palabras reconocibles, como "mamamá" (mamá), "bapá" (papá), "yayaya"(yaya), "aba" (agua) y "apa".
-Entiende frases sencillas, como "ven aquí", "que te pillo", "dame las llaves", "¿dónde está el chupete?", "enciende la luz" o "eso no se toca" (eso sí, hace caso cuando quiere...).
-Es muy simpática cada vez que encuentra a otro niño: les sonríe, les da la mano y les habla en su jerga incomprensible.
-Adora hasta el punto del entusiasmo todas las canciones de Frozen y los clásicos valencianos (la Salve, el himno regional, canciones populares y hasta la jota moixentina.
-Tiene horarios sumamente regulares: se despierta, come y duerme a la misma hora.
-Duerme catorce horas al día, de las cuales trece son por la noche y de un tirón: se acuesta a las ocho en punto y no se despierta hasta las nueve de la mañana del día siguiente.
-Le dan miedo los ruidos fuertes, los pasillos largos y oscuros, los globos y las velas de cumpleaños (esto último lo acabamos de descubrir hoy).
-Es muy coqueta; se peina con el cepillo (bueno, o al menos lo intenta), se deja poner todo tipo de lacitos, gorros y diademas, y sonríe orgullosísima cuando la llaman guapa.
-Y por último, es y siempre será una princesa.

¡Feliz cumpleaños, pequeñina! :-)

viernes, 9 de enero de 2015

El cursillo de preparación al parto

Aunque mi nena ya tiene siete meses (¡weee, cómo pasa el tiempo!) y acabamos de pasar nuestras primeras Navidades juntas, me gustaría hablar hoy de una cuestión que para mí ya queda algo lejana, pero que seguro interesará a todas las futuras mamis (embarazadas o no) que me lean. Se trata de los cursos de preparación al parto.
Cuando me apunté, no faltó quien me dijo que esos cursillos eran una chorrada, que no te enseñaban nada útil, que las dudas podías consultárselas al ginecólogo y que eran poco más que gimnasia para embarazadas. Sin embargo, yo preferí fiarme de mi madre y de mi ginecólogo, que me recomendaron fervientemente asistir a uno de ellos. Eso sí, también me dijeron que no fuera a cualquiera, sino a uno muy concreto: el de la Casa de Salud de Valencia. La razón que adujo mi madre es que el médico que impartía el cursillo era el mismo que se lo había dado a ella cuando estaba embarazada de mí, y a ella le había ido muy bien. Mi ginecólogo, en cambio, me dijo que lo mejor era ir a esos cursos porque teniendo en cuenta cómo soy yo, si me iba a otra parte y me tocaba una de esas matronas pro parto natural y anti-biberón a muerte que van de místicas, lo más seguro es que dejara de ir a la segunda o tercera sesión.

Total, que finalmente me apunté. Y debo decir que no lo he lamentado en absoluto; todo lo contrario, quedé contentísima. No sólo por la utilidad de los ejercicios, conferencias y consejos, sino porque me explicaron lo que realmente quería saber, del modo que quería saberlo. Ojo; lo mismo que me dijo mi ginecólogo a mí sirve también para vosotras: hay que encontrar el curso que mejor se adapte a nosotras. Si eres una fan convencida del parto en el agua y la teta hasta los tres años y tuerces el gesto ante las palabras "epidural" y "biberón", busca un curso donde potencien técnicas de resistencia al dolor sin medicación, lactancia materna a largo plazo, colecho, y demás cosas que a mí no me convencen en absoluto pero que, oigan, son opciones tan válidas como cualquier otra si la madre realmente está convencida de ellas. Se trata, como ya he dicho, de encontrar el cursillo adecuado, el que realmente te vaya a servir de ayuda, a resolver tus dudas y tus miedos y a cumplir con tus expectativas. Hacer un cursillo malo (malo en general o malo para ti) es casi peor que no hacer ninguno.

Y dicho esto, me gustaría reseñar lo más útil que aprendí en el cursillo.

-Ejercicios de suelo pélvico: Parecerá una chorrada, pero cuando llevas dentro un bebé que no para de aumentar de peso y que encima lleva como complementos una placenta, más de un litro de líquido amniótico y un útero de tamaño XXL, el suelo pélvico sufre bastante, por no decir mucho. Esto tiene tres consecuencias principales: el estreñimiento, las hemorroides y la incontinencia urinaria, que pueden variar en intensidad según el caso concreto. Hay mamás que tienen unas pocas hemorroides y hay mamás que no pueden ni sentarse; hay mamás que con agacharse ya se hacen pipí encima y hay mamás a las que sólo se les escapan unas gotitas cuando se ríen a carcajadas. Pero una cosa tienen en común todos estos problemas: mejoran notablemente con los ejercicios de suelo pélvico. Y estos ejercicios, además, son claves para recuperarte sin problemas en el post parto. De modo que un aplauso para ellos.

-Empujar y respirar: ¿Quién no sabe empujar y respirar?, se preguntarán algunos. Pues si se trata de parir, nadie, si no te enseñan. Este fue uno de los consejos que más agradecí cuando me puse de parto. Respiraciones me enseñaron dos: una para resistir el dolor (yo era muy escéptica en cuanto a su utilidad, ¡pero realmente funciona!) y otra para oxigenar la placenta (y por consiguiente, al bebé) entre contracción y contracción, fundamental para minimizar el riesgo de sufrimiento fetal. La respiración para resistir el dolor, sobre todo, es más complicada de lo que parece porque tienes que aprender a hacerla sin hiperventilar. Es muy, muy útil que alguien te enseñe.
Con lo de empujar, otro tanto; no tiene nada que ver con cuando "empujamos" al ir al cuarto de baño, aunque algunas personas crean que sí. Es un tipo de empujón algo extraño, muy específico, y que de hecho requirió varios ensayos para hacerlo bien. Una cosa muy útil del cursillo fue que, como todas practicábamos a la vez, el médico nos controla de una en una y si cometíamos algún fallo nos corregía en voz alta explicándonos qué estábamos haciendo mal y cómo podíamos hacerlo bien, para que aprendiéramos todas. Cuando estuve en quirófano y mi ginecólogo me dijo que empujara, recordé el cursillo y supe qué hacer.

-La aguja de hacer calceta: Que es como llamo yo al artilugio con el que te rompen la bolsa amniótica si no se rompe ella solita. Se trata de un palo de plástico intimidantemente largo, delgado y puntiagudo, que en el extremo tiene una especie de gancho. En el cursillo, el médico nos pasó varios para que los papás y las mamás pudiésemos mirarlos y tocarlos, nos explicó cómo funcionaban y nos aseguró que no producían ningún dolor, porque la bolsa amniótica no tiene terminaciones nerviosas.
Esto, que no pasaría de simple anécdota, se convirtió en una suerte cuando a mí me bajaron a la sala de dilatación y en vista de que no rompía aguas me las rompió la matrona. Esta señora, que como ya comenté en otro post no era muy simpática ni comunicativa que digamos, agarró la aguja de hacer calceta y sin mirarme a los ojos ni decir ni una palabra aparte de "te voy a romper las aguas", me la metió por donde todo el mundo puede suponer. Y, francamente, si no llego a ir al cursillo y me veo a la tía acerándoseme con esa cosa larga y ganchuda, me desmayo allí mismo.

-El baby-blues: Después de volver a casa con mi hija, me pasó una cosa muy rara: me dio un bajón impresionante, lloraba por tonterías y me agobiaba muchísimo; sentía que no iba a poder con todo lo que se me venía encima. Me hubiera preocupado mucho más, e incluso hubiera llegado a creer que tenía una depresión post parto, de no ser por lo que me explicaron en el cursillo: que el baby-blues no es ninguna depresión; sencillamente, se trata de un desbarajuste hormonal importante que sufre el cuerpo durante los días posteriores al parto y que influye mucho en el estado de ánimo, provocando tristeza, estrés y angustia. No es grave, no refleja ningún problema real, y no es duradero (se pasa solo en 7-15 días). Saber lo que me estaba sucediendo no lo hizo más llevadero, pero por lo menos me tranquilizó al saber que existía una luz al final del túnel. Y sí, en cosas de diez días se me pasó solo y me quedé más contenta que unas Pascuas.

Pues esto es todo. Si vais a ser mamás, recordad:
-Buscad un cursillo que encaje con vosotras y vuestro proyecto de maternidad.
-Aseguraos de que no se esperan a la última clase para enseñaros a respirar y a empujar, no sea que el bebé llegue antes de lo acostumbrado y esas lecciones tan importantes se os queden en el tintero.
-Preguntad al ginecólogo, la matrona y/o la psicóloga que os den el cursillo absolutamente todas las dudas que tengáis, sin vergüenza alguna; pensad que a la hora de la verdad, cuando os pongáis de parto y vayáis al hospital, los profesionales médicos que estén a vuestro alrededor pueden andar muy ocupados o ser unos bordes, y no responder a vuestras preguntas.

¡Suerte a todas! :-)

jueves, 4 de diciembre de 2014

20 cosas sobre mi Princesa


¡Hola! Soy la Princesa de mi mami y de este blog, también conocida como Ratoncita, la Reina Babas o la Princesa Biberón. Como aún no sé escribir, mi mami está escribiendo esta entrada por mí para que me conozcáis un poco mejor. Aquí van estas 20 cosas sobre mí:

1) Soy un clon de mi padre.
2) Soy muy dormilona.
3) Las tres cosas que más odio son, por este orden: las inyecciones, las mangas largas y la papilla de frutas.
4) Soy muy alta (bueno, o larga) para mi edad.
5) Me encantan las canciones frikis tolkiendilis que me canta mi madre.
6) Tengo las pestañas larguíiisimas.
7) Me río mucho con todo el mundo; me encanta hacer nuevos amigos.
8) Soy una súper heroína.
9) Siento un amor irrefrenable por la botella de mi crema hidratante y por el desaguador de mi bañera.
10) Tengo un gran futuro como contorsionista.
11) Mi nombre élfico es Eledhwen Lalaith.
12) Cuando necesito a mis padres, prefiero llamarlos pateando y mordiendo la cámara por la que sé que me ven.
13) Antes me gustaban mucho las tetinas de Jané, pero ahora creo que prefiero las de Nuk.
14) Soy capaz de tragarme un biberón gigante en un tiempo récord.
15) ADORO el vídeo de la canción "Let it go" de Frozen (cantada en español de España).
16) Me encanta posar para la cámara.
17) Un chupete siempre sabe mejor cuando tiene tu nombre grabado. Lo más de lo más es cuando reunes dos y te los metes en la boca al mismo tiempo.
18) Me gustan los gorros y los adornos en el pelo.
19) Sin embargo, detesto los zapatos o que me pongan cualquier cosa en los pies.
20) Mi placer culpable es beberme el agua jabonosa de la bañera, ¡lástima que mis padres jamás me dejan probarla!

miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿Cómo conseguir que un bebé duerma bien?


Supongo que con lo que voy a decir voy a provocar una mezcla de incredulidad y envidia hacia mi persona, pero lo tengo que decir: tenemos la tremenda suerte de que mi niña (que ya tiene tres meses y medio) duerme de un tirón toda la noche desde los dos meses. Con dormir de un tirón, me refiero a que ella misma se quitó la toma nocturna, y duerme durante 8-9 horas seguidas sin despertarse absolutamente por nada.
Sé que esto no es habitual, y soy plenamente consciente de lo afortunados que somos su padre y yo por tener una niña que nos permite descansar por las noches. Por eso, y como la mayoría de mis amigas no han tenido tanta suerte, me gustaría compartir en esta entrada qué creemos mi marido y yo que ha sido de utilidad para que nuestra hija duerma tanto y de un tirón.
¿Cómo conseguir que un bebé duerma bien? He aquí nuestros consejos y sugerencias, fruto de nuestra propia experiencia.

1) Hacerle distinguir desde el principio entre el día y la noche: Desde el primer día que la niña llegó a casa, se ha estado acostumbrando a que de día hay luz y ruido, mientras que de noche hay oscuridad y silencio. Hay muchos padres que ponen a su bebé a dormir la siesta en una habitación con las persianas bajadas, o están constantemente chistando a todo el mundo para que hable en susurros y no ponga la televisión, no lo vaya a despertar. Nosotros, no. Obviamente hay que controlar el tono para no hablar a gritos ni poner la tele a toda pastilla, pero en la casa deben seguir habiendo los ruidos habituales y la luz diurna. Si tienes que hablar, habla. Si tienes que ver la tele, la ves. Si tienes que cocinar, poner la lavadora, triturar algo en la batidora, hacer correr el agua... lo haces, y punto. De ese modo, el bebé se acostumbra a que el día es actividad y la noche es silencio. Si quieres lo puedes dejar en otra habitación (su dormitorio o el tuyo), pero nunca con la puerta cerrada, y mucho menos con las persianas bajadas. De ese modo, conseguimos que su fase de sueño profundo sólo se active plenamente de noche.

3) Relajarlo antes de acostarlo: Es fundamental que un bebé esté relajado para poder dormir bien. En este sentido es exactamente igual que nosotros, los adultos; cuando estamos nerviosos o incómodos nos es imposible conciliar el sueño, y en el caso de nuestros hijos la cosa no es diferente. Es muy importante que antes de acostar al bebé nos aseguremos de que tiene el pañal seco y limpio, no tiene hambre, ni frío, ni calor. Tampoco es conveniente que juegue a juegos excitantes o esté sometido a estímulos intensos antes de dormir (prueba a echarte una siesta después de subir a una montaña rusa o ver una película de suspense). Otra cosa muy útil para relajar a un bebé es el baño: en el 95% de los casos (y lo mismo me quedo corta) un baño con agua tibia, seguido de un buen secado con una toalla suavecita, un masaje con cremita hidratante y un pijamita cómodo, obran milagros a la hora de relajar a cualquier bebé, por inquieto que sea.

4) Asegúrate de que no le duele nada: Hay que tener en cuenta que si le duele algo tampoco va a estar relajado, en este sentido os doy un truco muy bueno que ideé(con el beneplácito de la pediatra, por supuesto, a quien siempre hay que consultar estas cosas): mezclarle con el biberón una dosis de esas infusiones especiales para bebés que venden en farmacias. En caso de mi hija, como tenía gases y estaba estreñida, alternamos un cuarto de cucharadita de café de infusión digestiva (la de Blevit lleva manzanilla e hinojo) y la misma dosis de infusión anti estreñimiento. De ese modo, adiós a los dos problemas, con lo cual adiós también a los dolores y molestias de barriga que la importunaban. Si haces lactancia materna exclusiva, la solución puede ser extraer la leche con un sacaleches y meterla en un biberón para poder disolver en ella las infusiones, ya que en nuestro caso dárselas aparte en un biberón con agua no funcionaba: la niña no se las quería tomar porque estaba llena de leche, y si se la tomaba se acababa empachando y también le dolía la tripa.

2) Crearle una rutina de sueño: Los bebés son criaturas que funcionan mucho mejor si saben lo que va a pasar en cada momento. Esto significa que necesitan rutinas. Si el bebé aprende que cuando pasa A, B y C a continuación es hora de dormir, cogerá el sueño mucho más fácilmente. Os cuento cómo hacemos nosotros en casa con nuestra hija: le damos el biberón de la noche (suele ser a las nueve o a las diez, dependiendo del día), acto seguido la bañamos, la secamos, y le ponemos cremita y el pijama. Después de ponerle el pijama la "peinamos" con el cepillito de cerdas blanditas que contiene todo neceser de bebé; es tan suave que le hace cosquillitas y unido a unas palabras dulces y cariñosas la deja súper feliz. Acto seguido la llevamos a su cunita, le damos un beso de buenas noches, y la dejamos sola con una luz muy tenue. Hay veces que se duerme inmediatamente y hay veces que tontea un poco y lloriquea pidiendo el chupete; en estos casos tarda unos quince minutos en dormirse. Cada padre es libre de establecer el horario o la rutina que le convenga más, pero sea cual sea el que elijáis vosotros, seguidlo a rajatabla. El día en que la rutina se rompe es el día en que el bebé, desconcertado y nervioso, no se puede dormir.

3) Acostumbrarla a dormir solo desde el principio: Si el bebé se acostumbra a dormirse en nuestros brazos, o a que lo mezamos mientas le cantamos nanas, o cosas así, luego va a ser misión imposible que se duerma solo y por sí mismo. Nuestra hija a veces llora reclamando atención antes de dormirse; en estos casos lo que hacemos es ir a la habitación, acariciarla y ponerle el chupete; estamos un minuto o dos con ella hasta que se calma y entonces nos volvemos a ir. El resultado es que con tres meses y medio ya se ha acostumbrado a dormirse sola y la mayoría de las veces lo hace rápido y sin problemas.

4) Conseguid que llegue a la noche con sueño: Con esto quiero decir a que hay que equilibrar las horas de sueño diurnas con las nocturnas. Puede parecer muy cómodo tener al bebé durmiendo la mayor parte del día para poder hacer tus cosas con comodidad y sin interrupciones, pero asume que en ese caso no dormirá por la noche. ¿Significa esto que ha de estar despierto el mayor tiempo posible? Pues tampoco es eso, porque un bebé necesita más horas de sueño que un adulto, y si no duerme lo suficiente durante el día estará irritable y nervioso por la noche; con ese estado de ánimo olvídate de que se duerma. Lo mejor es dejar que los propios biorritmos del bebé hablen: no dejar que se duerma por aburrimiento ni forzarle a ello si de lo que tiene ganas es de jugar, pero tampoco obligarle a estar despierto si notáis que se le cierran los ojos. Si que es recomendable, por supuesto, que al menos esté despierto una o dos horas seguidas antes de acostarlo por la noche, para que le dé tiempo a cansarse.

5) Tener flexibilidad cuando es necesario: Evidentemente esto es lo que hacemos todos los días, pero también hay excepciones a la regla. Si por algún compromiso familiar, visita o evento, cenamos fuera o hay mucha gente en casa, es inevitable que se rompa la rutina de la niña. Si es así, y se trata de un caso puntual, no pasa nada: si la vemos irritable o nerviosa la acunamos en brazos hasta que se calma, y luego a dormir. Todos podemos tener un mal día de vez en cuando; los bebés también-

6) El factor suerte: Es un hecho que, aunque el sueño puede educarse hasta cierto punto, hay bebés más tranquilos y hay bebés más nerviosos. Nosotros tenemos suerte de que nuestra niña, aunque movidita, es tranquila y nada llorona. Es mucho más fácil criar a un bebé tranquilo que a uno nervioso, pero estoy convencida de que los consejos que he enumerado sirven en mayor o menor medida para mejorar el sueño de todos los niños.

7) Y por último, ¡postura adecuada!: Es muy importante que los bebés duerman boca arriba para prevenir disgustos. Nuestra hija, por ejemplo, sólo se duerme boca abajo; le cuesta la vida dormirse boca arriba, sobre todo por la noche. Lo que nosotros hacemos es ponerla boca abajo para que se duerma, no quitarle el ojo de encima ni un momento con la cámara vigilabebés, y en cuanto estamos seguros de que está profundamente dormida, le damos la vuelta y la ponemos boca arriba. Generalmente ya no se despierta (o se despierta un segundo y en seguida cierra los ojos otra vez), y ya duerme en posición correcta el resto de la noche. Para los tres o cuatro meses, cuando los bebés empiezan a darse la vuelta, es conveniente usar un anti-vuelcos.

lunes, 16 de junio de 2014

Mi parto


Pues nada... que mi princesa ya ha nacido. Vino al mundo a mediodía el 5 de Junio, más sana que una manzana :-)
Ocurre algo cuando llevas el embarazo ya avanzado y te pones a mirar blogs de mamás (por lo menos a mí me ocurrió): te pones a curiosear en busca de experiencias de partos, y se te ponen los pelos de punta. En serio. Al final tuve que dejar de buscarlas porque tras leer un par de historias de terror, de esas en plan "me pasé dieciocho horas dilatando y al final tuvieron que hacerme una cesárea" o "empecé a perder sangre a espuertas y me tuvieron que llevar a la UCI", la verdad es que me daban ganas de meterme en el agujero más profundo del mundo y encargarle el parto a otra.

Me satisface revelar a los lectores del blog que este NO ha sido mi caso. De hecho, he decidido relatar mi parto por dos motivos fundamentales: uno, para dejar constancia por escrito de cómo sucedió ahora que lo tengo fresco, antes de que mi cerebro comience a olvidarse de los detalles (que imagino acabará sucediendo, aunque ahora me parezca imposible), y dos, para compartir en la red una buena experiencia de parto fácil, rápido y sencillo en medio de tantas experiencias chungas. ¡Futuras mamás, animaos, que luego no es tan fiero en león como lo pintan! :-)

Empezaremos la historia por el principio de los tiempos. El principio de los tiempos, en este caso, viene a ser una semana 42 que llegaba y una niña que no salía. Llevaba desde la semana 38 yendo todos los miércoles a monitores, pero aunque el ritmo cardiaco de la niña estaba bien, yo no me ponía de parto. Alguna contracción de Braxton-Higgs molestilla de vez en cuando, sí, pero la cosa no se cogía. Y llegó el miércoles día 4 de Junio. Los días anteriores yo había estado teniendo de cuando en cuando contracciones, más o menos molestas, pero muy irregulares y espaciadas en el tiempo; vamos, que aquello no era parto ni de coña. Pero ese miércoles, cuando acudí a los monitores por la mañana, las correas detectaron una actividad más grande de lo normal en el útero y una única contracción. Después de aquello, el ginecólogo me hizo una ecografía, me hizo un tacto, y dictaminó: "Estás ya en la semana cuarenta y dos, tienes la placenta ya un poco envejecida y te estás quedando sin líquido amniótico. Y además, esas pequeñas contracciones que tienen ya te están borrando el cuello del útero. Así que esta noche a las doce y media ingresas en el hospital y si mañana no te has puesto de parto, lo terminamos".
Ante aquel anuncio, yo me puse a hiperventilar un poco, porque la verdad, que te diga el médico que a la mañana siguiente pares sí o sí, así sin paños calientes ni nada, pues qué queréis que os diga, impresiona.

La cosa quedo así. Nos volvimos para casa, yo dejé finiquitados todos los asuntos del Juzgado y del despacho, comimos, y por la tarde me duché tranquilamente, antes de lo cual descubrí que había expulsado algunos restos del tapón mucoso ("a buenas horas, magas verdes", pensé). Cenamos temprano, nos cercioramos de que llevábamos en la maleta todo lo que necesitábamos, y a las doce y cuarto llamamos a un taxi para irnos las hospital.
Cuando llegamos, había ya otras tres parejas esperando para ingresar también. Nos llamaron los últimos, nos asignaron una habitación, y allí que nos subimos con la maleta a cuestas. Si estaría yo nerviosa aquella noche, que me pincharon un Valium para que me relajara y aún así no pude dormir más de dos horas. El que tampoco durmió mucho fue mi pobre señor esposo, que al día siguiente tenía un examen en la UNED y estaba hecho polvo.

A las siete de la mañana, la matrona llamó por teléfono a la habitación para despertarme y avisarme de que un enfermero iría en diez minutos a bajarme a la sala de dilatación. Aprovecho la ocasión para desmentir esa creencia tan arraigada en las páginas webs "pro parto natural", donde intentan convencerte de que las matronas son una especie de seres angelicales y semidivinos con una bondadosa sonrisa en la cara y maneras amables, siempre dispuestas a acompañar a las mujeres parturientas por la dura pero feliz senda del parto, en contraposición a los serios y secos ginecólogos. "La atención de las matronas es más humanizada", dicen. Y UN CUERNO. La matrona que me tocó a mí era el ser más seco y antipático que ha parido madre. En lo profesional, no tengo queja, pero en lo que se refiere a trato personal, menuda borde era la tía. Pocas palabras y monosilábicas, ni una sonrisa, ni una explicación, aparecía sólo lo justo... la verdad es que casi lloré de alegría cuando vi aparecer a mi ginecólogo, que me lleva tratando toda la vida y con el que tengo total y absoluta confianza. Aprovecho para decir a todas las futuras mamás que me estén leyendo que no se dejen engañar por los prejuicios "matrona buena - ginecólogo malo", porque en muchas ocasiones es a la inversa y a mí me sucedió. Todo depende de las personas con las que te encuentres.
El caso es que la matrona en cuestión hizo que me bajaran a la sala de dilatación, y una vez allí empezó la fiesta. Me monitorizaron para controlar las contracciones y la frecuencia cardiaca de la niña, y tras una exploración (esa es otra, queridos amigos, cuando una mujer está por dar a luz sus partes íntimas se convierten en dominio público, ahí mete las manos todo el mundo), la matrona dictaminó que yo estaba dilatada de un sólo centímetro. Lo suficiente para romperme las aguas. De modo que me abrió una vía en el brazo (auch), me enchufó un relajante muscular para terminar de ablandar el cuello del útero, un gotero de oxitocina sinténtica, y sacó una especie de varilla de plástico con un extremo en forma de gancho para metérmelo por...
Ese fue uno de los momentos en los que agradecí haber hecho el cursillo de preparación al parto, donde nos enseñaron aquellos artilugios y nos explicaron para qué servían y cómo funcionaban, porque la verdad, si llego a esperar que fuera aquella matrona con la simpatía de un cactus la que me lo explicara, hubiera ido lista. No me dolió; sencillamente, la mujer metió aquella varilla, y al cabo de un par de segundos noté cómo una oleada de líquido caliente se me escurría entre las piernas. Lo que sí me molestó un poco fueron los apretones y estrujones que me daba en la tripa la matrona mientras, porque al parecer se había propuesto exprimir hasta la última gotita de líquido amniótico que me quedara dentro del cuerpo, y a mí la verdad empezó a darme un poco de miedo que de paso estrujara también al bebé.
"¿Y cuánto cree que tardarán en empezar las contracciones?" pregunté, al ver que de momento no pasaba nada. "Eso depende", fue la extensa y amable respuesta. "Pero, ¿más o menos, cuánto suele tardar?" insistí yo. "Pues hay mujeres que se ponen en seguida y mujeres que necesitan dos goteros" dijo la matrona, mirándome con mala cara. Y salió a paso ligero de la habitación, no fuera que se me ocurriera preguntarle cualquier otra cosa.
Afortunadamente, las contracciones empezaron en seguida. Al principio no eran tan malas como me las pintaban; son como un dolor de regla más fuerte de lo normal. Gracia no hacen, pero tampoco es que fuera algo insoportable. Las respiraciones que practicamos en el cursillo de preparación al parto también las hicieron más llevaderas. Poco a poco, empezaron a subir de intensidad, y ahí fue donde yo empecé a ponerme un poco nerviosa, porque me habían dicho que hasta que no dilatara cuatro centímetros no me podían poner anestesia. Mi marido se tuvo que marchar a toda prisa para hacer el examen, pero por fortuna en esos momentos ya habían llegado mi madre y mi suegra, que se turnaron para estar conmigo durante la dilatación.
Y cuál fue mi sorpresa cuando, en el momento en que las contracciones empezaron a ser dolorosas, entró la matrona, me volvió a explorar, ¡y dijo que ya estaba dilatada de cuatro centímetros! Resulta que lo normal es dilatar un centímetro por hora, pero como yo soy así de chula, estaba dilatando a dos centímetros por hora, es decir, el doble de rápido de lo normal. Así que la matrona fue a llamar al anestesista.

El anestesista llegó al poco rato, con su mesita portátil a cuestas. Para entonces a mí las contracciones me molestaban muchísimo y encima eran tan seguidas que una se encadenaba con la siguiente y apenas me daban tiempo a descansar. El médico me hizo quedarme sentada en la cama, inclinada hacia delante para que se marcara la columna vertebral, y me derramó por la espalda un líquido frío que servía tanto para desinfectar como para insensibilizar un poco la piel. Luego, me pinchó anestesia local (casi ni sentí el pinchacito; fue mucho más dolorosa la inyección de Valium de la noche anterior), y finalmente, cuando ya tenía insensibilizada la zona, me metió el catéter. Resultado: no dolió absolutamente nada. Y cuando me inyectó la anestesia y el dolor de las contracciones se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo, fue la gloria bendita. Desde aquí aprovecho para hacer un llamamiento mundial: ¡¡Canonización YA para el que inventó la epidural!! Que además, por si no lo sabíais, se llamaba Fidel Pagés y era español, aragonés para más señas. ¡Los españoles trajimos la epidural al mundo! Ni la Roja en el Mundial de 2010, señores.

A partir de ahí, todo fue rodado. Desde que me bajaron a dilatación hasta que me metieron en el paritorio, pasaron menos de seis horas. A la una de la tarde, el ginecólogo dio orden de que me llevaran al paritorio, y mi marido, que ya había regresado hacía rato, me acompañó. Justo antes de entrar, el anestesista me inyectó otras dos dosis de analgesia epidural: una para que pudiera pasar el expulsivo sin problemas, y la otra porque la primera, inexplicablemente, sólo me anestesió la mitad del cuerpo.
El expulsivo fue rapidísimo; no debió durar ni quince minutos. Nunca olvidaré el momento en que el médico me ordenó por última vez que empujara, la fuerte sensación de presión al sentir algo enorme abriéndose camino a través de mi cuerpo, y el momento en que finalmente salió la niña, que se puso a lloriquear a los diez segundos de salir. Puedo jurar que no existe sensación en el mundo comparable a ver por primera vez la cara de tu hija delante de ti. Me la pasaron rápidamente para que le diera un beso y se la llevaron a una mesita que había en el mismo quirófano para limpiarla, vestirla y hacerle el test de Apgar, que salió excelente. Luego, ya vestida, con sus manoplas y su gorrito incluidos, me la pusieron en brazos y ya la dejaron allí. El ginecólogo me cosió la episiotomía (que no sentí en absoluto) y me subieron a la habitación con la nena.

Y la verdad es que ya está. Como se puede ver, muy fácil, rápido y gracias a la epidural muchísimo menos doloroso de lo que yo me temía. Si he de ser sincera, el postparto me está resultando mil veces más molesto y puñetero que el parto en sí, y todo ello a pesar de tener una niña sana, hermosísima y encantadora que duerme y come bastante bien. Pero como dijo Michael Ende, esa es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión.

miércoles, 21 de mayo de 2014

A una semana de salir de cuentas, recapitulando...


Pues ya casi está. Dentro de una semana salgo de cuentas. Mi fecha probable de parto es el día 29 de Mayo, y aunque a dí de hoy desconozco si mi pequeña inquilina nacerá antes o después de la fecha prevista, sí puedo decir que ya estamos casi al final del camino. Un buen momento, creo yo, para recapitular y hacer reflexiones al respecto.

Lo primero que me viene a la cabeza es la advertencia que todas las mamás me dijeron a mí cuando me quedé embarazada, y es la pura verdad: el noveno mes se me está haciendo más pesado que todo el resto del embarazo junto. No es que me encuentre mal ni nada de eso, de hecho he tenido pocas molestias y sólo he engordado 6 kilos a lo largo de toda la gestación, pero sí es cierto que ahora, al final, me noto muy pesada, me canso con mucha facilidad, y tengo, en definitiva, montones de molestillas pequeñas que si se juntan todas acaban siendo un fastidio. Por fortuna, una se las toma con filosofía porque ya se sabe que (¡gracias a Dios!) estas cosas se acabarán una vez dé a luz.

La verdad es que no me puedo quejar. Me he librado de las complicaciones más chungas. No he tenido exceso de peso, ni hinchazón, ni demasiadas náuseas (sólo he vomitado tres veces en todo el embarazo, y las tres después de comer algo frito; de hecho supongo que mi poco aumento de peso y mi aborrecimiento visceral hacia cualquier cosa frita o grasienta están directamente relacionados). Tampoco he sufrido hipertensión, ni diabetes gestacional, ni anemia, ni síndrome del túnel carpiano, ni ninguna de esas cosas raras con las que amenazan los manuales y las webs sobre el embarazo.
Entonces, ¿qué tengo? Como ya he dicho, chorradas leves pero molestas, algunas fáciles de sobrellevar y otras muy puñeteras. A saber:

-Lo que los médicos llaman muy finamente "micción frecuente", y que yo, menos finalmente, llamo "ese condenado peso sobre mi vejiga que me hace sentir continuamente que estoy a punto de hacerme pipí encima": Pues sí, eso de tener un bebé de varios kilos saltando alegremente sobre la vejiga de la orina se nota. Vaya si se nota. Lo peor es que no hay más remedio que acostumbrarse a la sensación, porque luego vas al baño, sueltas dos gotitas, y al levantarte sigues teniendo la misma sensación que antes.
Grado de solucionabilidad: Bajo. No hay más huevos que fastidiarse, cambiar de postura y/o esperar a que la chiquitina le dé por cambiar de postura.
Grado de molestia: Medio-alto. Sobre todo cuando te estás meando de verdad.

-Insomnio: Sólo hasta cierto punto. En líneas generales duermo bien, de no ser por dos problemas: que me levanto unas dos o tres veces por la noche para ir al baño, y que me cuesta sobremanera encontrar una postura cómoda para dormir. La almohada entre las piernas, tan socorrida, es una ayuda inestimable; lo malo es que la mejor postura para dormir durante el embarazo es de costado, y estar toda la noche de costado a mí me da dolor de espalda. ¿Qué me pasa? Que me doy la vuelta. Y darme la vuelta, que es algo que generalmente he hecho sin despertame toda mi vida, ahora me despierta por culpa de la almohada en cuestión y del peso que tengo en la barriga. Generalmente aprovecho esos "despertares giratorios" para ir al cuarto de baño, y así mato dos pájaros de un tiro.
Grado de solucionabilidad: Variable, según la noche. Hay noches que me despierto cuatro veces y noches que las duermo enteras de un tirón.
Grado de molestia: Medio-bajo. Suelo tener capacidad de volverme a dormir relativamente rápido cada vez que me despierto.

-Hemorroides: Pues sí. El peso del bebé no sólo recae sobre la vejiga, sino sobre todo el suelo pélvico en general, y también sobre el intestino grueso. ¿Resultado? Estreñimiento y hemorroides, que nunca había tenido (o no al menos así) y que resultan condenadamente incómodas.
Grado de solucionabilidad: Medio. La verdad es que la pomada que me aconsejó el ginecólogo consigue desinflamar y calmar el asunto, pero las muy malditas siempre vuelven, como el turrón en Navidad. Una buena higiene es fundamental para combatirlas.
Grado de molestia: Medio-alto. Sólo recordad esos anuncios donde tantas pobre víctimas inocentes las sufren en silencio...

-Acidez: Y como además de presionar por debajo la nena presiona pro arriba, uno de los efectos colaterales es la acidez de estómago. Esto no hace falta que lo explique mucho porque creo que todos nosotros hemos tenido acidez en algún momento de nuestras vidas.
Grado de solucionabilidad: Alto. El medicamento que me recetó el ginecólogo funciona como un sortilegio; en menos de un minuto la acidez ha desapaercido.
Grado de molestia: Medio-alto, pero por fortuna si tengo las pastillas a mano nunca tengo que sorportarlo durante demasiado tiempo.

-Cansancio y pesadez: Siempre he dicho que quedarte embarazada es la mejor forma de practicar para cuando tengas ochenta años. Un paseo largo, excesivo sol, demasiado tiempo de pie o subir escaleras (es decir, cosas que yo antes aguantaba sin parpadear) me dejan literalmente agotada. Tengo que usar ascensor hasta para subir a un primer piso y agacharme a recoger algo del suelo me es práctiamente imposible, con eso lo he dicho todo.
Grado de solucionabilidad: Bajo. Supongo que es inevitable cuando llevas el equivalente a una bola de hormigón de cinco kilos adosada a la pared abdominal. Parir es la única manera de librarte de esto.
Grado de molestia: Alto. Es odioso sentirse como una inútil. Nunca en mi vida volveré a minusvalorar las molestias de las que tanto se quejan los ancianitos, lo juro. ¡Abuelos, tenéis mi solidaridad eterna!

-Estrías: ¡¡La puta maldición de embarazo!! Porque todas las demás molestas pasan al parir, pero esta no, queridos amigos, ¡¡estas putas vienen para quedarse, y se quedan!! Te crees a salvo de ellas porque no han aparecido en toda la gestación, y de repente, a finales del octavo mes, ves una junto al ombligo. Blasfemas en arameo, pero bueno, por lo menos sólo es una. Je, sí, sólo una... hasta que empieza a enviar whatsapps a sus colegas para que vengan y se unan a la fiesta.
Grado de solucionabilidad: Nulo. No hay manera humana de librarte de ellas una vez que salen, ni con cirugía estética. Y eso que yo lo he intentado todo, creedme, TODO: crema específica para estrías, crema Nivea ultra hidratante dos veces al día durante todo el embarazo, aceite de rosa mosqueta para cicatrizar y proteger la piel... ¡que si quieres arroz, Catalina! Es lo que pasa cuando tienes la piel fina y sensible, que ni haciéndole sacrificios rituales a Cthulhu te libras de ellas.
Grado de molestia: Extremo. Tengo el ombligo y sus alrededores como un mapa de carreteras. Y por lo menos las muy malditas se han concentrado sólo ahí y no se han extendido al resto de la barriga. Tocaremos madera porque la cosa que quede así.


¿Y aparte de este tema, algo más? Pues la verdad es que de estado de ánimo estoy bien. Aunque ya estoy impaciente porque la nena nazca cuanto antes, tanto para verle por fin la carita como para descansar de una vez (y dejar de recibir patadones en los momentos y lugares más inoportunos), intento tomármelo con calma y filosofía. La verdad es que de cara al parto estoy un poco nerviosa, porque con lo moñas que soy para el dolor no estoy muy segura de cómo lo voy a llevar, pero en fin, como dice mi abuela, no hay más que mirar un estadio de fútbol o una plaza de toros llenos hasta los topes y pensar "todas estas personas han nacido de madre". Si ellas pudieron, yo también podré, ¿no? :-)

lunes, 28 de abril de 2014

Ventajas de estar embarazada


Sí, todos sabemos que en el embarazo se pueden sufrir algunas molestias físicas, pero, ¿por qué se habla tan poco de las cosas buenas de estar embarazada? Aparte de lo obvio (tener un hijo, convertirte en madre, crecer como persona, etc), el embarazo en sí tiene algunas ventajas interesantes (que algunas de mis amigas definen como "tener carné de embarazada"), que vale la pena enumerar:

1) Te dejan pasar gratis a los sitios y te hacen descuentos por la cara: Estas Fallas, he entrado gratis o con descuento por la cara en todos los monumentos de Sección Especial que he visitado menos en uno. Y hace poco, al verme la tripa me rebajaron a la mitad una multa de aparcamiento (que encima los locales no deberían haberme puesto, pero esa ya es otra cuestión). En algunos bares hasta te invitan a una consumición (sin alcohol, por supuesto) ^^

2) Te puedes sentar en los reservados del transporte público: No voy a decir que la gente te cede el asiento, porque es mentira (de hecho, las únicas que me ceden en asiento en el autobús son las señoras mayores, y me da apuro que se levante una pobre abuelita para sentarme yo; en cambio, los hombres y mujeres jóvenes y los adolescentes me ven, miran hacia otro lado y silban, los muy maleducados). Sin embargo, al menos tienes la ventaja de que puedes usar los asientos reservados sin que nadie te mire mal.

3) Puedes llorar, reírte a carcajadas y ponerte todo lo emocional que quieras: A veces, tenemos un día malo o nos da la risa histérica y tenemos que tragárnoslo con patatas para no parecer neuróticas. Si estás embarazada, no. Con aquello de las hormonas, puedes enfadarte o llorar lo que te dé la gana, ¡y encima recibes ración extra de mimitos!

4) Puedes comer lo que te dé la gana: Evidentemente hay que controlar si no queremos acabar hechas una bola. Pero estando embarazada te puedes olvidar de dietas y restricciones durante nueve meses (excepto cuando el médico te prohíbe comer algo, claro), y encima si algo te apetece muuuucho mucho mucho, puedes mandar al padre de la criatura a comprarlo a toda velocidad, porque claro, es un antojo ;-)

5) Puedes presumir de barriga: ¡¡Esto es genial!! ¡Abajo la tiranía de la moda! Si tienes la suerte de tener el tipo "boa constrictor" (para entendernos, que sólo engordas de pecho y tripa pero el resto de tu cuerpo permanece razonablemente delgado), puedes llevar ropa ajustada y presumir de tu lustrosa barriga. No sólo nadie espera que tengas el vientre plano, sino que todo el mundo elogia tu tripita y hasta la envidia :-D

6) Tratamiento de belleza gratis: Y es que la piel y el pelo, en algunos casos, mejora mucho con el embarazo. Tienes la piel más radiante y reluciente, y el pelo se cae menos y crece más. Ojo con esto último: suele tener efecto rebote inverso después de dar a luz, así que a partir del último mes es buena idea ir usando un champú anti caída por si acaso.

7) Te llevan a todas partes y no te dejan cargar peso: Es bueno hacer ejercicio físico estando embarazada, pero sin pasarse. Tener una tripa tan enorme cansa bastante y no conviene hacer esfuerzos ni forzar la espalda, de modo que mientras estés embarazada acostúmbrate a tener chófer, ¡y olvídate de cargar bolsas!

8) La ilusión de prepararlo todo: Es muy divertido preparar la nueva habitación para el bebé, elegir el color de las paredes, las cortinas, comprar la ropita y los complementos... de hecho, a poco que tengas una familia numerosa lo más caro te lo prestan o te lo regalan, así que tampoco es un gasto excesivo.

9) La creatividad sexual: Algunos me mirarán raro, pero es cierto. Cuando estás embarazada, la vida sexual cambia... pero no tiene por qué ser a peor. Es un buen momento para probar nuevas posturas, nuevas caricias, y encima como nos llega más sangre a los genitales y los tenemos más sensibles, el orgasmo es más fácil de alcanzar y más intenso. No hay que tenerle miedo al sexo durante el embarazo; el bebé ni se entera y mientras no haya riesgos y el médico no diga lo contrario se pueden tener relaciones sexuales hasta el último día. ¡De hecho, es un buen modo de fortalecer el suelo pélvico de cara al parto!

Estas son todas las ventajas que se me ocurren ahora, ¡y seguro que hay más! :-)